Palma de Cera en San Félix











El paisaje de la altura
En las montañas de San Félix, donde el aire es frío y la neblina se posa como un velo sobre los potreros, la tierra se dedica a la papa, y en tiempos pasados al trigo y la cebada. Hoy, además de la papa, se pastorea el ganado normando, que con su porte robusto y su pelaje blanco y negro se ha convertido en parte inseparable del paisaje. Allí, en medio de estas tierras de altura, se alzan las palmas de cera, columnas vivientes que parecen querer rozar el cielo.
La palma de cera (Ceroxylon quindiuense) es el árbol nacional de Colombia desde 1985. Su elección no fue casual: representa la dignidad de nuestros pueblos y la persistencia de la vida en medio de la adversidad. Con sus troncos que pueden superar los 60 metros, es la palma más alta del mundo, y en su verticalidad se esconde una metáfora poderosa: la de un pueblo que, pese a las tormentas, se mantiene erguido.
La Meseta de la Samaria, en Salamina, guarda el bosque de palmas de cera más grande de Colombia. Allí, la neblina se mezcla con el canto de las aves y el mugido del ganado, creando un escenario único donde la naturaleza y la cultura se entrelazan.
Altivas como el silencio: las palmas de La Samaria
En La Samaria, las palmas de cera se alzan como centinelas del tiempo. No hay ruido que las distraiga ni modernidad que las doblegue. Son testigos de arrieros, de nieblas y de promesas. Cada tronco es una columna de memoria, y cada hoja, un susurro que viene de San Félix.
Donde el cielo se inclina: palmas sobre las lomas
Las palmas de cera se elevan como lanzas vegetales en las lomas de San Félix. No hay arquitectura que las supere ni discurso que las encierre. Son la firma vertical de un paisaje que resiste. Bajo ellas, el camino se curva, la niebla se posa y la memoria se afirma.
Refugio de vida
La palma de cera no es solo un árbol: es un ecosistema. En sus troncos anidan especies únicas y en peligro de extinción. El loro orejiamarillo, con su plumaje vibrante, ha encontrado en estas palmas su último bastión. El lorito de páramo, igualmente amenazado, depende de ellas para sobrevivir en las alturas. Y el pájaro carpintero, incansable, golpea con su pico los troncos que guardan ecos de siglos.
Cada palma es un universo en sí misma. Sus hojas, que alguna vez fueron cortadas para las procesiones del Domingo de Ramos, hoy se protegen como símbolo de vida. Sus troncos, recubiertos de cera, son refugio y alimento. Sus raíces sostienen la tierra y evitan que la erosión devore las montañas.
Caminar entre palmas de cera es entrar en una catedral natural. El silencio del páramo se mezcla con el murmullo del viento, y uno siente que está frente a un templo invisible, sostenido por columnas vivientes. Las palmas son plegarias verticales, versos que se escriben en el aire, metáforas de un país que busca elevarse sobre sus dificultades.
Historia y resistencia
La palma de cera ha sido testigo de la colonización antioqueña, de los caminos abiertos por arrieros que llevaban café y aguardiente a lomo de mula, aunque en estas tierras el café nunca prosperó. Ha visto pasar generaciones enteras de campesinos que, entre la dureza del trabajo y la belleza del paisaje, han construido la identidad de la región.
En sus sombras se han contado historias, se han tejido leyendas y se han escrito poemas. La palma de cera es también resistencia: tarda décadas en crecer, pero se mantiene firme frente al viento y la lluvia. Es un recordatorio de que la naturaleza no es infinita, de que nuestras acciones tienen consecuencias, de que la memoria puede perderse si no la cuidamos.
La palma de cera es poesía y símbolo. Su nombre evoca suavidad, luz, brillo. La cera que recubre su tronco es como un manto que la protege, como una piel que guarda secretos. Su altura es verso, su silueta es metáfora, su presencia es canción. No es casual que poetas y cronistas hayan encontrado en ella inspiración para hablar de la patria, de la memoria, de la esperanza.
Niebla y altura: el suspiro de las palmas
La niebla se cuela entre las palmas como un secreto viejo. En San Félix, cada amanecer parece un conjuro: las cimas se desvanecen, los troncos se alargan, y el silencio se vuelve paisaje. Las palmas de cera no se rinden; resisten como himnos vegetales en la frontera del olvido.
Palmas entre espesura: el bosque que respira
En San Félix, las palmas de cera se abren paso entre la espesura como himnos verticales. No hay selva que las encierre ni viento que las quiebre. Son raíces que apuntan al cielo, memoria vegetal que desafía el olvido. Cada loma es un altar, y cada palma, una oración.
Identidad y futuro
En San Félix y en la Meseta de la Samaria, la palma de cera no es solo paisaje: es identidad, es símbolo, es raíz. Es la patria hecha naturaleza, la memoria hecha árbol, la cultura hecha vida.
La palma de cera nos enseña que la altura se alcanza con paciencia, que crecer hacia el cielo requiere resistencia. Nos muestra que la belleza está en la verticalidad, en la capacidad de mantenerse firme pese a las tormentas. Nos recuerda que la esperanza puede elevarse sobre la niebla, que la memoria puede sostenerse sobre columnas invisibles, que la cultura puede encontrar en la naturaleza su raíz más profunda.
Al cerrar los ojos frente a una palma de cera, uno puede escuchar el murmullo de la historia. Puede sentir el eco de los arrieros, el canto de los loros, el golpeteo del carpintero, el susurro del viento. Puede imaginar un país que se eleva sobre sus dificultades, que se mantiene firme frente a la adversidad, que encuentra en la naturaleza la fuerza para seguir adelante.
La palma de cera es más que un árbol: es un poema vertical, una columna de esperanza, un símbolo de resistencia. Y mientras haya palmas de cera en nuestras montañas, habrá también un país que se eleva hacia el cielo, buscando siempre la luz, la dignidad y la esperanza.
Soreyma y Yorlady: guardianas de la palma
En la Meseta de la Samaria nació la leyenda de Soreyma, la Guardiana de la Palma de Cera. No empuñó armas ni levantó escudos, su fuerza fue otra: la danza. Con movimientos que imitaban el vaivén de las palmas y el vuelo de los loros, enfrentó a los conquistadores que pretendían someter la tierra y arrancar de raíz la memoria de los pueblos. Su cuerpo se convirtió en resistencia, su ritmo en mensaje, su danza en un lenguaje que los invasores no pudieron comprender ni destruir. Soreyma enseñó que la defensa de la naturaleza y la cultura no siempre se libra con hierro, sino con símbolos, con gestos, con la belleza que desarma la violencia.
Siglos después, esa semilla invisible germinó en la figura de Yorlady, heredera espiritual de Soreyma. Ella no luchó contra conquistadores de armaduras, sino contra las máquinas que pretendían arrasar el bosque para explotar sus tierras. Frente al rugido de las motosierras y el avance de los tractores, Yorlady levantó su voz y su cuerpo, recordando que la palma de cera no era un obstáculo para el progreso, sino el corazón mismo de la identidad. Su resistencia fue la continuidad de una historia que nunca se apagó: la danza de Soreyma se transformó en la protesta de Yorlady, ambas guardianas de un bosque que no pertenece a unos pocos, sino a todos.
Hoy, Yorlady ya no está. Hace pocos meses murió lejos de su hogar en San Félix, lejos de las palmas que tejieron su lucha y que fueron testigos de su entrega. Su ausencia duele, pero su memoria permanece en cada tronco que se eleva hacia el cielo, en cada lorito que anida en las palmas, en cada carpintero que golpea la madera como si repitiera su nombre. Yorlady se convirtió en símbolo, en eco, en raíz. Su vida fue resistencia, su muerte es legado, y su recuerdo seguirá acompañando la lucha por la defensa de la palma de cera, esa columna de esperanza que une pasado y presente, danza y protesta, memoria y futuro.
Palmas y caballos: el paisaje que resiste
En San Félix, los caballos pastan bajo la sombra imposible de las palmas de cera. El paisaje no es postal: es testimonio. Cada loma guarda un relato, cada palma una promesa. Aquí la naturaleza no se exhibe, se afirma. Y el arriero, aunque ausente, sigue marcando el paso.