Por Eleuterio Gómez Valencia
Nota: Semblanza basada en el texto del historiador Salamineño Fernando Macías Vásquez.
En el corazón de Salamina, la Ciudad Luz, donde las calles susurran historias de un pasado glorioso y los balcones floridos parecen saludar al cielo, nació un hombre cuyo espíritu trascendió los límites del tiempo y el espacio. Monseñor Carlos Isaza Mejía, hijo de esa tierra bendita de Caldas, no fue solo un sacerdote; fue un faro de rectitud, un arquitecto de almas, un custodio de la fe y un sembrador incansable de conocimiento. Su vida, tejida con hilos de devoción, austeridad y amor por su pueblo, se alza como un relato épico que aún resuena en los corazones de quienes lo conocieron y de aquellos que, generaciones después, descubren su legado en cada rincón de esta parroquia de la Inmaculada Concepción.
Nacido el 13 de agosto de 1904, cuando Salamina aún formaba parte de Antioquia, Carlos vino al mundo en un hogar humilde pero cargado de virtudes. Hijo de Luis Carlos Isaza Sánchez y Ana María Mejía Mejía, una mujer que llevó con estoicismo una enfermedad que marcó su existencia, creció bajo la sombra de una familia que, desde sus abuelos Julio Isaza Gutiérrez y Pastora Sánchez Isaza, encarnaba la nobleza y el discernimiento que distinguieron a los salamineños desde los albores de la República. En aquel entorno de sencillez y fe, el pequeño Carlos encontró las primeras semillas de una vocación que lo llevaría a convertirse en uno de los eclesiásticos más prominentes de su tiempo.
Su figura, imponente y serena, se convirtió en un símbolo de la parroquia que rigió con mano firme y corazón abierto. No era un hombre de medias tintas; sus convicciones morales y espirituales, profundas como los cimientos de la Casa del Degüello donde pasó sus últimos días, lo elevaron a una dignidad pastoral que pocos han alcanzado. Desde su llegada a la dirección espiritual de Salamina, Monseñor Isaza se erigió en una atalaya infranqueable, un guardián de los valores cristianos que, con su pujanza y probidad, reflejaba la grandeza de su raza. Su ministerio no fue un simple oficio; fue una misión sagrada que abrazó con la intensidad de quien sabe que cada acto, cada palabra, es un ladrillo en la construcción de un mundo más justo.
El Legado de un Visionario
La obra de Monseñor Isaza Mejía es un tapiz de esfuerzos colosales que transformaron la vida de Salamina. Entre sus ejecutorias más memorables destaca la construcción del edificio del Colegio Pío XII, hoy desocupado y en el abandono, después de que estuviera ocupado por la Normal María Escolástica, una institución que durante décadas fue faro de educación para generaciones enteras. Consciente de que la formación era la llave para dignificar al hombre como hijo de Dios, no dudó en afirmar que vendería los vasos sagrados del templo si con ello podía educar cristianamente a los jóvenes. Este compromiso con la enseñanza lo llevó a fundar, con audacia y sin esperar reconocimientos, colegios como el Pío XI y la Normal del Sagrado Corazón en Aranzazu, así como a impulsar el Colegio La Presentación, consolidando a Salamina como un bastión educativo en una época donde el saber era un privilegio.
Pero su visión no se limitó a las aulas. En Basílica Menor de la Inmaculada Concepción, sus manos dejaron huellas imborrables: los vitrales que hoy bañan de luz multicolor el recinto, adquiridos en la prestigiosa Casa Velazco de Cali, son un testimonio de su gusto por la belleza y su devoción por el arte sacro. Restauró la Casa Cural tras su inesperado colapso, reverdeció el interior del templo y mantuvo con decoro cada obra parroquial. Su celo por preservar el patrimonio espiritual se extendió al Cementerio, donde inició la recuperación de la Capilla de Nuestra Señora de la Valvanera, encomendando esta tarea a maestros como Fabio Galvis Suaza y Salomón Hernández, quienes trabajaron bajo su guía para salvar un espacio que hoy sigue siendo un refugio de paz y memoria.
Uno de los capítulos menos conocidos, pero profundamente trascendentales, fue su intervención para traer a los misioneros de la Consolata a San Félix. Cuando la comunidad planeaba establecer su seminario en Aguadas, Monseñor, con su persuasión y visión, convenció al presbítero Víctor Guerrino Menegòn Forlán de instalarlo en ese corregimiento salamineño, un acto que marcó la vida religiosa y educativa de la región. Asimismo, organizó la Casa Campesina, confiada a las Hermanitas de la Anunciación, fundada por la Madre Berenice, para apoyar a los sectores más humildes, y fue un celoso guardián de la Casa del Rosario, un proyecto que animó hasta el final de sus días como párroco.
La Casa del Degüello: Un Santuario de Reflexión
En la famosa Casa del Degüello, joya de la arquitectura hispánica adaptada al trópico, Monseñor encontró su refugio. Construida en 1853 por José Ignacio Llano y adquirida por la familia Isaza, esta edificación de tapiales sólidos y muebles tallados por Eliseo Tangarife Serna era más que un hogar: era un santuario donde el sacerdote se entregaba a la contemplación mística. Allí, entre las sombras de la noche y las primeras luces del alba, repasaba el latín, estudiaba la Patrología y la apologética, y redactaba cartas a sus feligreses con una prosa que destilaba divinidad y sencillez. En esas paredes cargadas de historia, donde el eco de leyendas mitológicas aún resuena, Monseñor vivía en perfecta soledad, amparado por la presencia majestuosa del Altísimo.
Un Pastor entre su Grey
La actividad apostólica de Monseñor fue un río inagotable de servicio. Atendía a los sufrientes con la solicitud de un padre, escuchaba confesiones con la paciencia de un santo y dedicaba vigilias enteras a la oración. Sus sermones, pronunciados con una voz que parecía resonar como campanas lejanas, eran cátedras de fe que elevaban a los fieles hacia lo divino. Presidir las celebraciones litúrgicas era para él un acto de amor: con su mitra y cayado, guiaba procesiones bajo el baldaquín, llevando el viático a los enfermos entre el humo del incienso y el tañido de las campanas. Las fiestas patronales, el Corpus Christi, la Semana Mayor y el día del Sagrado Corazón cobraban bajo su batuta una solemnidad que acercaba a los mortales a las potestades celestiales.
Honores y Humildad
En 1954, el Papa Pío XII lo nombró Prelado Doméstico, un reconocimiento a su entrega que lo llenó de privilegios, pero que él recibió con la misma humildad que marcó toda su vida. Recibió condecoraciones como la Cruz de Boyacá, la Orden Camilo Torres y la Medalla al Mérito Kiwanis, pero nunca buscó el aplauso. Podría haber ascendido a las más altas dignidades eclesiásticas, pero su amor por Salamina lo ancló a su tierra. Jamás abandonó la Ciudad Luz, donde su prudencia, castidad y vocación de maestro brillaron como virtudes dignas de un cardenal.
El Adiós de un Santo
El 7 de octubre de 1992, Monseñor Carlos Isaza Mejía partió hacia la Casa del Padre. Rodeado del cariño de su familia y de su hermano Monseñor Mario, tan santo como él, recibió el viático con la humildad de quien sabe que su misión está cumplida. Su funeral, austero como él lo quiso, contrastó con la multitud que lo despidió: sacerdotes, laicos, autoridades y un pueblo entero lloraron su partida entre el repique luctuoso de las campanas. Sus restos descansan bajo el altar tallado por Tangarife en la Capilla de la Valvanera, un lugar que él mismo salvó del olvido.
Un Legado Eterno
Hoy, el nombre de Monseñor Isaza vive en el CERES de Salamina y en un barrio de la Cuchilla. Su escudo prelaticio, con el lema “Ite docete omnes gentes” —“Id y enseñad a todas las gentes”—, resume su vida: una existencia dedicada a iluminar almas y construir futuros. Salamina le debe no solo el bronce, sino la memoria de un hombre que, con su fe y su obra, convirtió la Ciudad Luz en un reflejo del cielo. En cada vitral, en cada aula, en cada oración que aún resuena en el templo, Monseñor Carlos Isaza Mejía sigue siendo un faro eterno, un pastor inmortal cuya luz nunca se apagará.
Un comentario
Felicitaciones por este importante escrito.