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Carlomán Gómez Velásquez, el médico que marcó generaciones en Salamina

Carlomán Gómez Velásquez nació en Marulanda, se formó como médico cirujano en la U. de Caldas y eligió quedarse en Salamina. Durante décadas fue el médico de cabecera de varias generaciones, y su muerte, a comienzos de septiembre de 2026, dejó un vacío que todo el pueblo lamenta.

Hay médicos que uno recuerda por un diagnóstico certero y hay otros que se quedan instalados en la memoria de un pueblo entero, confundidos ya con sus calles y con sus generaciones. A esa segunda estirpe perteneció el Doctor Carlomán Gómez Velásquez, salamineño de vocación y de entrega, que dedicó su vida entera a curar —y a acompañar— a los habitantes del municipio que terminó adoptando como propio.

Había nacido en Marulanda, Caldas, en una familia numerosa como pocas: fueron diecisiete hermanos de una misma madre, de los cuales hoy sobreviven diez. Sus padres, José Julio Gómez Zuluaga y Marina Velásquez, y antes que ellos sus abuelos —Pedro Velásquez y Pastora Llano por el lado materno, Epifanio Gómez y Primitiva Zuluaga por el paterno— fueron el cimiento de una estirpe campesina y caldense de la que Carlomán heredaría, junto con el apellido, esa disposición al trabajo silencioso y constante que después definiría su ejercicio como médico. Se formó como médico cirujano en la Universidad de Caldas, y desde ahí empezó un recorrido que lo llevaría primero a ejercer en La Merced, después a Salamina —el pueblo que terminaría reclamándolo como suyo— y también a los Seguros Sociales de Manizales, donde amplió su práctica más allá del consultorio de barrio hacia la medicina institucional.


Salamina, fundada en 1825 y conocida desde hace tiempo como “la ciudad luz” por haber alumbrado a tantos poetas, músicos y escritores, forma parte del Paisaje Cultural Cafetero que la UNESCO declaró Patrimonio de la Humanidad. Fue en ese pueblo de vocación cultural y educativa, con sus calles empedradas y sus balcones tallados, donde el Dr. Gómez decidió, contra la tentación tan común de emigrar a las ciudades grandes, quedarse a ejercer su profesión entre los suyos. Su consultorio terminó ocupando un espacio que ya cargaba con su propia historia: una antigua posta médica que, con los años, se fue tejiendo también en la memoria arquitectónica y social del municipio, como si el edificio y el médico hubieran llegado a compartir el mismo nombre.
Durante décadas, el Dr. Carlomán Gómez atendió a varias generaciones de salamineños desde ese consultorio en el centro del pueblo, y en ese ejercicio prolongado se convirtió en algo que hoy escasea: un médico de cabecera en el sentido más antiguo y más noble de la expresión. Cercano, accesible, capaz de reconocer a sus pacientes por el nombre y por la historia familiar detrás de cada síntoma, su figura quedó asociada de forma casi inseparable al lugar donde trabajaba. Los registros de la Asociación Colombiana de Hospitales y Clínicas lo vinculan además a una sede en Salamina, un dato que apunta a una participación suya que fue más allá del consultorio privado, hacia la institucionalidad misma de la salud en el municipio.


Esa entrega profesional tuvo, además, un correlato familiar propio. Casado con Nohora Gómez Isaza, formó junto a ella un hogar del que nacieron cuatro hijos que, cada uno a su manera, siguieron el camino del servicio: Jorge Enrique y Carlos Alberto, odontólogos; Elsa Victoria, fisioterapeuta; y Julián, ingeniero. Como si la vocación de cuidar y de construir, sembrada por el padre, hubiera encontrado en ellos cuatro formas distintas de continuarse.

Su legado, sin embargo, no se mide solo en datos formales. Tras su fallecimiento, a principios de septiembre de 2026, la comunidad salamineña le rindió un reconocimiento unánime, recordándolo como un “excelente Doctor y excelente Ser Humano”, síntesis que resume lo que distingue a un médico de pueblo: la ciencia y la calidez ejercidas siempre juntas, en cada consulta. La Alcaldía Municipal de Salamina se sumó a ese homenaje colectivo y lo declaró “salamineño ejemplar”, reconociendo de manera institucional lo que generaciones de pacientes ya sabían por experiencia propia. Su partida fue sentida como la pérdida de una figura que, con el tiempo, se volvió inseparable de la vida cotidiana y de la historia misma del municipio.


Su trayectoria es, por eso, la de alguien que honró su tierra desde el ejercicio profesional. Oriundo de Marulanda, formado como médico cirujano en la Universidad de Caldas, escogió consagrar su carrera a Salamina y se convirtió, consulta tras consulta y generación tras generación, en un punto de referencia para el municipio. Su nombre queda asociado permanentemente tanto a la antigua posta médica del centro como a la memoria colectiva salamineña, y su ejemplo de servicio y arraigo lo consolida como una de las figuras representativas de la historia reciente de Salamina.

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